El director técnico de Bodega La Viña defiende el cooperativismo como motor económico y social del territorio, así como una herramienta clave para garantizar relevo generacional y sostenibilidad en el medio rural.

P: La Viña forma parte del paisaje social y económico de la Font de la Figuera. ¿Qué papel juega la bodega en el territorio?

R: En 2025 cumplimos ocho décadas de historia, ya que se fundó en 1945. Nuestra actividad principal es la elaboración de vino, aunque tenemos sección de aceituna para producir aceite de oliva y sección de almendra. Aun así, el 97% de la facturación corresponde al vino.

Además, la cooperativa cuenta con una sección de suministro desde la que prestamos servicios vinculados a la actividad agrícola.

Nuestro papel no se limita a La Font de la Figuera, se extiende también a Fontanars dels Alforins. Somos la principal empresa de la zona y un motor económico. Alrededor de nuestra actividad se articulan otros negocios (proveedores y servicios locales) que, aunque no dependan directamente de la cooperativa, sí lo hacen en una medida importante.

Por otro lado, la gran mayoría de las familias de ambas localidades son socias, y la cooperativa constituye su principal fuente de ingresos. Por todo ello, el papel de La Viña en el territorio es fundamental.

P: Además, ese papel económico ayuda a fijar población. ¿Cómo lo vivís en el día a día?

R: De las cincuenta personas que trabajamos en la cooperativa, solo dos son de fuera; el resto somos de aquí. Y la cooperativa ha sido clave para incorporar gente joven: personas del pueblo con estudios universitarios han podido formarse fuera y volver para incorporarse como técnicos. Ese retorno de talento es importantísimo.

P: Cuando se habla de la España vaciada siempre aparecen tres palabras: clima, empleo y relevo. ¿Cómo se traducen esos retos en vuestro caso?

R: Uno de los grandes problemas en España es el abandono de núcleos poblacionales y la emigración a las ciudades. En concreto, en el sector agrario, hay tres grandes retos: el cambio climático, la mano de obra y el relevo generacional.

Cada vez es más complicado ejercer la profesión de agricultor: los márgenes se estrechan, los precios están muy ajustados, hay minifundio y dispersión, y eso provoca abandonos.

En nuestro caso no es tan acusado como en otras zonas y eso se debe, en gran medida, a que la cooperativa funciona bien. Si la cooperativa funciona, los agricultores pueden recibir rentas dignas y eso facilita el relevo generacional.

Ahora mismo, en el consejo rector hay tres personas por debajo de los 40 años. En agricultura, ser menor de 50 años ya es ser joven. Aquí sí que hay relevo generacional. No es fácil, pero está ocurriendo, y está muy relacionado con el funcionamiento de la cooperativa.

P: Hablamos mucho de la importancia del sector agroalimentario, pero sin rentabilidad no hay continuidad.

R: Totalmente. Esto se relaciona con algo casi existencial: cómo comemos y qué comemos.

Si fomentamos producciones intensivas y alimentos ultraprocesados, se favorece a la industria alimentaria frente a la producción primaria y el producto fresco de proximidad.

Ahí el cooperativismo tiene un valor enorme, porque permite suministrar productos de cercanía y calidad. En nuestro caso hablamos de vino, que es un producto transformado, pero en el aceite de oliva o la almendra la transformación es inmediata.

El consumidor puede decidir comprar un aceite de oliva virgen extra elaborado en su entorno. Eso tiene un valor y un precio, pero sobre todo es una oportunidad, el poner en valor la proximidad, la calidad y el hecho de que esos productos ayudan a fijar población rural. Eso también es sostenibilidad.

P: Y, además, compras con más garantías sociales porque fuera de la UE eso no siempre se cumple.

R: Exacto. El modelo empresarial que mejor encaja con la sostenibilidad es el modelo cooperativo. Esa es la gran oportunidad del cooperativismo… pero hay que trabajarla y comunicarla bien: explicar qué es la sostenibilidad y qué modelos de negocio la representan mejor.

P: ¿Cómo encontráis el equilibrio entre tradición y nuevos modelos de sostenibilidad?

R: En nuestro caso, el 95% de la agricultura es de secano, con baja intensidad productiva. Eso ayuda a que la transformación del territorio no sea agresiva y mantiene un paisaje que también aporta valor.

En el vino cada vez pesa más el territorio: el paisaje, el vínculo con enoturismo, la identidad. Se valora más dónde se produce el vino y cómo es ese entorno, porque se asocia a la calidad.

En cuanto a las acciones, además de la producción ecológica, la regulación europea también ha tenido un papel importante al imponer restricciones en fitosanitarios y fertilizantes. Esa transformación no nace siempre del cooperativismo, sino de la normativa, y como toda transformación genera tensiones.

Y como empresa estamos centrados sobre todo en dos ámbitos, la energía y la gestión del agua. Ahí es donde más acciones podemos desarrollar para mejorar nuestra sostenibilidad ambiental.

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